Publicado en Público el 14 de marzo de 2021

En marzo de 2020, sin ser conscientes de que un virus cambiaria nuestras vidas en pocos días, nosotros seguíamos con nuestros hábitos, salíamos a cenar con los amigos, al cine, a un concierto, al futbol… no nos importaba montarnos en un vagón de metro lleno de gente, nos abrazábamos pero sin darle mucha importancia a ese gesto, planificábamos nuestro próximo viaje, nos preocupábamos por si la economía se ralentizaba y nos preguntábamos cuanto nos afectaría, pero en ningún caso podíamos intuir el terremoto económico que íbamos a vivir.

El primer Gobierno de coalición echaba a andar después de haberse constituido apenas un mes antes. En el horizonte se dibujaba la necesidad de cambiar las políticas que la derecha había impuesto durante años y que habían tenido como consecuencia más desigualdad, menos derechos laborales y peores salarios. Entre las prioridades estaba impulsar un nuevo modelo de desarrollo, más verde, más digital, con menos desigualdades, con mejores salarios y más derechos.

Entonces llegó el virus Covid-19, ese que llevaba tiempo circulando sin que nos diéramos cuenta y todo cambió, todo se paró. El 13 de marzo se declaró el estado de alarma en España, algo que ya había pasado o pasaría en la mayoría de países. Dejamos de abrazarnos, dejamos de reunirnos, de viajar, y sustituimos la cercanía, que tanto nos gusta a los que tenemos sangre mediterránea, por los ordenadores, las tabletas y los teléfonos. Y empezamos a salir todos los días a las ocho a aplaudir a los balcones, a los héroes y heroínas que estaban al pie del cañón batallando contra el virus, empezamos a fijarnos en profesiones que hasta ahora pasaban desapercibidas, cajeros de supermercados, camioneros, taxistas… y el ejército, ese cuerpo tan rechazado en épocas de paz, empezó a montar hospitales de campaña, a desinfectar las calles y residencias de ancianos.

Nuestros mayores, aquellos que habían superado la Guerra Civil y la posguerra, que habían luchado contra la dictadura y nos habían traído la democracia, caían ante un enemigo invisible.

No parábamos de repetir que éstos nos harían mejores. Pasado un año es el momento de mirar las cosas con perspectivas. Los aplausos a las ocho dieron paso a las manifestaciones de negacionistas, fiestas ilegales… y enfrentamientos políticos permanentes porque ni durante la crisis más grande de nuestra la historia reciente la oposición dio una tregua al Ejecutivo. Tampoco dio ni los 100 días de gracia que son tradición. Deseaban que el virus tumbara al Gobierno progresista y no querían dejar pasar la oportunidad, una vez más pusieron sus intereses partidistas por encima de los ciudadanos.

Hoy un año después, empezamos a ver la luz al final del túnel, la ciencia demostró que si se quiere y se ponen los recursos necesarios, el ser humano puede con todo y esta vez consiguió en un tiempo record desarrollar varias vacunas que se han mostrado eficaces contra el virus. Ahora toca pensar en la reconstrucción y para ello, por primera vez en su historia, Europa ha aprobado un plan de reconstrucción apoyado por deuda mutualizada, una herramienta financiera que los países del sur tantas veces habían reclamado en la crisis anterior, y que el ejercicio de nuevos liderazgos en Europa como el del presidente español, Pedro Sánchez, lo han hecho posible.

Ahora toca acertar en la utilización de los fondos, deben permitirnos un impulso económico que recupere en poco tiempo la caída producida durante el 2020 y a la vez, debe garantizar el cambio de modelo económico por uno más estable ante las próximas crisis que vendrán. Las recetas de ser competitivos a base de peores salarios y menos derechos laborales ya demostraron en la anterior crisis ser erróneas, ahora toca aplicar políticas socialdemócratas que demuestren que en épocas de crisis son las únicas políticas que protegen a todos por igual e impiden el aumento de las desigualdades.

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