Publicado en Público el 5 de mayo de 2019

Llevamos demasiados días, demasiados meses, hablando de Madrid. Por mucho que diga Ayuso que Madrid es «España dentro de España», la riqueza y variedad de nuestra cultura, de nuestras gentes, paisajes, circunstancias y problemas, convierten ese eslogan fuera de Madrid en un recuerdo del viejo centralismo que provocó importantes retrasos y desequilibrios en muchos de nuestros territorios.  España es mucho más que solo Madrid. Pero es complicado que seamos conscientes de los problemas del resto de España, de las prioridades y las dificultades de sus ciudadanos, porque los medios de comunicación han decidido poner el foco permanente en la capital, igual que antes lo pusieron en Cataluña.

Soy representante de una tierra, Extremadura, que durante el siglo pasado perdió una gran parte de su población que emigró a los grandes nodos industriales, donde había trabajo y por tanto posibilidades de futuro, lastrando con ello nuestras posibilidades de desarrollo. Aún hoy, la baja densidad de población hace que prestar cualquier servicio sea más caro y que impulsar el dinamismo económico sea más complicado.

Durante la pandemia hemos podido comprobar que muchas de aquellas cosas a las que no dábamos importancias en el día a día han adquirido mucho valor y en algunos casos se han convertido en imprescindibles. Transitar por espacios sin aglomeraciones, disfrutar del aire libre, aprovechar al máximo el tiempo sin tener que pasar cada día horas y horas en un atasco para ir a trabajar.

Al principio de la pandemia dijimos que de ellas saldríamos mejores o por lo menos distintos; ahora que se ve la luz al final del túnel es el momento de no olvidarnos de ello y ponernos manos a la obra para que sea posible.

Si queremos que nuestro país se desarrolle más y más rápido es imprescindible que exista un equilibro territorial, que exista un desarrollo homogéneo y que los polos de desarrollo estén distribuidos por todo el territorio. Los fondos de reconstrucción deben jugar un papel en este sentido.

El fenómeno de la emigración se ha dado principalmente porque las oportunidades de empleo estaban en las zonas donde se había concentrado el sector industrial, tal como refleja nuestra historia reciente. Sin embargo, el cambio de paradigma propiciado por la revolución tecnológica que facilita que desde cualquier zona de España puedas tener la misma conexión que en los grandes nodos de población, unido a las prácticas de teletrabajo y a la globalización, permiten que para competir y hacer negocio en el mundo global no tengas que estar físicamente en los grandes nodos. Si a esto le unimos que el desarrollo de las energías renovables en entornos con menos desarrollo facilita un menor coste energético, advertimos que las regiones y ámbitos que hasta ahora tenían menos oportunidades puedan incrementar el desarrollo de sector servicios y el sector industrial. Además, si sumamos esta circunstancia a una modernización del sector agrícola y ganadero, y al impulso de la agroindustria,  nos damos cuenta que estamos en disposición de recuperar parte de la población que perdimos en el pasado.

Los incentivos para atraer y acoger población de los entornos que sufrieron en mayor medida el fenómeno de la emigración son muchos: menores costes y mayor calidad de vida, el precio de la vivienda es mucho menor, mayor acceso a entornos naturales, poder disponer de más tiempo para el ocio, el descanso o disfrutar de la familia, entre otros aspectos.

Muchos pensarán que si no vives en los grandes entornos urbanos no dispondrás de muchas de las cosas que tienes en una gran capital como Madrid: musicales, museos, actividades culturales para todos los gustos y a todas horas, pero yo me pregunto ¿cuántos pueden disfrutar de ellos con los bajos salarios que cobran y el alto coste de la vida? Ciudades como Cáceres no tiene nada que envidiar en cuanto a actividades culturales, a oferta museística, de ocio, y además programadas de forma accesible a una gran parte de la población.

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